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Robin Green, la única chica de la revista ‘Rolling Stone’: pionera de la contracultura en un mundo de hombres

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La productora y guionista relata en un libro sus inicios en la emblemática publicación y cómo se convirtió en una pieza clave de la serie ‘Los Soprano’.

Martín Page

La vida de Robin Green (Rhode Island 1945), sin duda ha sido una montaña rusa repleta de aventuras, descubrimientos y momentos emblemáticos. En una época en la que las mujeres luchaban por ser escuchadas, su fascinante viaje a través de las turbulentas aguas del periodismo, la televisión y la cultura pop le convirtieron en una pionera que desafió las expectativas y abrió camino para las generaciones futuras.

Desde sus humildes comienzos como la única chica que escribía para la revista literaria de la Universidad de Brown, hasta convertirse en una fuerza influyente en la redacción de Rolling Stone y más tarde como guionista y productora en la industria televisiva, su ascenso fue meteórico pero no exento de desafíos.

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Así pues, a través de las páginas de La Única Chica (Liburuak, 2023), asistimos de primera mano a la vibrante crónica personal y laboral de Robin Green durante una época irrepetible.

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Y es que a finales de la efervescente década de 1960, Robin se encontraba en la encrucijada de una sociedad en plena transformación, pero eso no le impidió presentarse con valentía y decisión ante las puertas de la publicación Rolling Stone para conseguir formar parte de la revista de la contracultura, del rock, de las drogas, de la juventud rebelde, la que mejor había entendido los sesenta y la que había transitado con vigor e inteligencia hacia los setenta.

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Afortunadamente, su joven y visionario fundador Jann Wenner le concedió una excelente oportunidad: “Me han dicho que escribes muy bien, así que vamos a comprobarlo”. Y le asignó un artículo para entrevistar al genio de los tebeos Stan Lee y reflejar cómo era un día en la oficina de Marvel Comics.

La incipiente mordacidad y ternura de Robin acabó describiéndolo como “un lugar rarito y aburrido, pero también una encantadora fábrica de fantasía llena de adorables adolescentes que se describían a sí mismos como retrasados mentales”. El texto encajó perfectamente y fue directo a la portada de la revista allá por septiembre de 1971. Línea y Bingo. Robin se había convertido por méritos propios en la única redactora de la revista. A partir de aquí y durante los siguientes tres años, cada día en la Rolling Stone sería una nueva aventura.

Las largas noches en la oficina, impregnadas de humo de marihuana y el sonido de la música rock, se convertirían en el escenario donde Robin forjaba su reputación como una escritora audaz compartiendo escritorio con figuras periodísticas como Joe EsterhazJon LandauLester Bangs o tótems del nuevo periodismo como Hunter S. Thompson al que profesaba una gran admiración. “Su escritura era sin restricciones, sin represiones, salvaje y temeraria como el Rock’n Roll. Leerle era un puto subidón. Le brindó esplendor a la revista y electrizaba la oficina solo con su presencia. No solo escribía sus historias, también las vivía”, recuerda Robin.

Robin Green junto a su perro

Robin Green junto a su perro

Una oficina, por cierto, extremadamente liberal donde todo el mundo se acostaba con todo el mundo: ayudantes de redacción con redactores, entrevistadores con entrevistados, agentes publicitarios con famosos y, en general, todos con todos en el departamento de arte.

Lo describe gráficamente: “Los editores y redactores eran varones que venían de periódicos de la vieja escuela y de repente a su alrededor pululaban por la oficina las chicas guapas (era un requisito imprescindible) de Rolling Stone –continua Robin—, golosinas inteligentes y evolucionadas, ayudantes de todos los departamentos, que estaban allí a todas horas, ayudando a los jefes en su trabajo de publicar la revista, traerles el café y dejarse follar hasta reventar’’.

Mientras Robin iba demostrando artículo a artículo su valía como escritora, de repente le llegó el encargo de entrevistar a Dennis Hopper, el icono contracultural del momento. Tras su éxito con Easy Rider, se estrenaba el documental The American Dreamer sobre el caótico rodaje de la película que estaba dirigiendo en ese momento con un título revelador: The Last Movie.

Incoherente, abusivo y pasadísimo de drogas, Hopper pasó un día junto a su habitual pandilla salvaje y la periodista en su casa de Nuevo México. La entrevista, el encuentro a solas entre ambos, no se llegó a producir porque Hopper, violento y acosador, incomodó tanto a Robin que esta decidió finalmente marcharse a su hotel. Y precisamente el fracaso de la entrevista ocasionó que el artículo se convirtiese en un gran éxito.

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Sobre esa dificultad, sobre la carencia, Robin Green forjó su perfil. Se limitó a contar cómo había sido su día al lado de Hopper, lo que había visto, lo que había escuchado y lo que había sentido ante los balbuceos y delirios de la estrella del nuevo Hollywood. La desconocida periodista había pintado al actor del momento como lo que era en ese momento: un completo imbécil.

Pero a pesar de éxitos como este, los encargos más excitantes de la revista (Led ZeppellinGrafetul Dead o los mismos Rolling Stones) se los seguían llevando los redactores varones habituales, mientras Robin tenía que lidiar con artistas y personajes en horas más bajas como los Bee Gees o David Cassidy. Siendo la única mujer en una redacción dominada por hombres, seguía enfrentándose constantemente a privilegios masculinos para hacer oír su voz, hasta llegar al punto de inflexión que le costaría el despido al negarse a terminar el reportaje que le habían encargado sobre los Kennedy.

Robin Green

Robin Green

El caso es que no pudo resistirse ante el linaje de ojos azules mas famoso de la política estadounidense y se lió con Bob Kennedy Jr. mientras le entrevistaba sobre la cama de agua en la habitación de su residencia de estudiantes de Harvard. La famosa leyenda que pululaba en la profesión sobre lo “bien dotados” que estaban en esa familia quedó confirmada por Robin en primera persona: “Le llegaba hasta la mitad del muslo, ¿serían así todos los Kennedy en realidad?, ¿era de ahí de donde les venía la confianza, el arrojo, la vanidad?”.

Fuera instinto periodístico o no, el acto sexual hizo imposible escribir el artículo sobre la mítica y maldita dinastía norteamericana: “¿Cómo podía yo, que me enorgullecía de escribir con honestidad lo que veía y experimentaba, hablar sobre los Kennedy sin contar lo que había hecho?”, recuerda Robin. El despido fue fulminante y el agotamiento de sentirse una especie de sicaria periodística teniendo que hacerse un lugar constantemente entre tantos prejuicios y barreras hizo el resto. Necesitaba un cambio. Borrón y cuenta nueva.

Tras los años vertiginosos en la revista, Robin decidió poner tierra de por medio y matricularse en el Programa de Escritura Creativa de La Universidad de Iowa, donde durante un tiempo modeló y perfeccionó su escritura orientándola más hacia la ficción.

Más tarde, y tras realizar diversos trabajos como freelance, incluso reescribiendo durante un tiempo guiones para las películas de la floreciente industria del porno californiano, Robin puso rumbo hacia Los Angeles junto a su marido y también escritor Mitch Mitchell, donde se embarcaron en una nueva aventura en la televisión llegando a trabajar como guionistas durante tres temporadas en la mítica serie Doctor en Alaska y contribuyendo con su creatividad y visión al éxito de esta revolucionaria ficción televisiva. ¿Y adivinan qué? Durante ese tiempo también fue la única chica escritora del equipo.

Robin Green (en el centro) posa junto a su Premio Emmy al mejor guion de serie dramática en 2002

Robin Green (en el centro) posa junto a su Premio Emmy al mejor guion de serie dramática en 2002

Allí conocería a David Chase, el productor y showrunner que traía bajo el brazo una serie de mafiosos italo-americanos poco convencional llamada Los Soprano, a la que solo HBO había prestado atención, y que estaría destinada a cambiar la ficción televisiva para siempre.

Durante las cinco primeras temporadas, Robin dejó su huella más profunda como guionista y productora ejecutiva en cada uno de sus episodios. Desempeñó un papel fundamental junto a su marido Mitch en el fantástico desarrollo de la serie, pero claro, los desafíos creativos y luchas varias por hacer oír su voz en un mundo de nuevo dominado por hombres no cesaron. Las tensiones con David Chase fueron en aumento pese al éxito descomunal que tuvo la ficción protagonizada por James Gandolfini mientras recibían Emmys y demás reconocimientos temporada tras temporada.

Se habló de conflictos, de diferencia de pareceres, de incompatibilidades creativas, pero ella asegura que se trató de algo mucho más sencillo: ‘‘Chase no soportaba tener que compartir los premios y los créditos con nosotros’’.

Mitch Micthell, Robin Green y David Chase con sus Emmys

Así que la goma acabó por romperse y tras 88 episodios repletos de castings, reuniones en la sala de guionistas y repaso de escaletas y diálogos con el excelente equipo que habían formado, la tóxica relación laboral que Robin mantuvo con el creador de la serie llegó a su fin.

Tras diversos y sonados pulsos al comienzo de la última temporada, la guionista y productora fue invitada por David Chase a marcharse “amablemente”, mientras que a su marido Mitch se le ofrecía la oportunidad de quedarse. Obviamente el matrimonio se mantuvo firme en su decisión de permanecer juntos a viento y marea y partieron a crear nuevas ficciones para la pequeña pantalla como la serie Blue Bloods, que lleva trece exitosos años en antena y que actualmente acaba de renovar para una temporada final en 2024.

La Única Chica nos revela que, lejos de achantarse, a Robin nunca le importó ser la única mujer entre hombres. No negoció condiciones ni se dejó avasallar. Se reinventó haciendo su trabajo, siguió sus deseos. Contó con su talento y su determinación. Y pagando a veces un precio elevado, abrió un camino que otras mujeres pudieron transitar.

Fuente:El Cultural

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